Este 3 de Octubre se cumplieron 40 años de la “Revolución Peruana”, golpe de estado que se propuso imponer desde arriba una serie de reformas que modernizaron el Perú y eliminaron tensiones sociales. Ya muchos han escrito posts sobre el golpe, reformas, consecuencias y algo que no me extraño fue leer en diferentes comentarios y en la columna del inefable Aldo Mariategui visiones totalmente reaccionarias y descriteriadas sobre las transformaciones llevadas a cabo, en especial la nunca suficientemente bien ponderada reforma agraria.
No redundaré sobre temas ya tratados hasta la saciedad, para dar algunas luces y sobre todo hacer pensar contare algo más personal.
A diferencia de muchos de los que escriben, tuve contacto personal a través de esa influyente figura que fue mi abuelo materno, con el mundo rural andino anterior a la reforma agraria. Mi abuelo nació y se crió en una hacienda del Callejón de Huaylas, donde su padre era señor de horca y cuchillo, palabra que dijera era ley, total, ¿solo eran indios no?
En las vacaciones del colegio él y sus hermanos tenían un preceptor, quien procuraba que no se desbanden demasiado entre las chacras y animales. En cierta ocasión, se produjo una revuelta, alguna comunidad no quiso cumplir quien sabe que obligación, tal vez se negaron a trabajar gratis, exigieron la devolución de unas hectáreas, robaron algo quizás. Recuerdo a mi abuelo contando como después de la represión su tutor los llevo a ver los resultados: cadáveres de indios abaleados tirados en tierra, apilados para ser enterrados; caporales al servicio de la familia o tal vez la guardia civil habían respondido como sabían hacer, a balazo limpio y un puñado de indígenas muertos coronaban la jornada.
Pero las balas no eran el único método, un peón era un bien valioso para las haciendas, tanto o más que las vacas, así que se buscaban métodos menos destructivos para ponerlos en vereda. Por ejemplo mi abuelo contaba como se disciplinaba a los naturales: una argolla en el techo, las manos atadas y látigo con el infractor hasta que purgue su crimen, ¿cual era?, responder mal, no cumplir ordenes, perder un animal, lo que sea. Más que castigar un crimen el fin era atemorizar.
Toda ocasión era buena para demostrar quien mandaba. Había una fiesta, no recuerdo cual, en que los campesinos celebraban determinados ritos mitad cristianos, mitad paganos. Uno de estos era sacar en procesión a su señor, literalmente. Al hijo mayor de los patrones (mi abuelo) lo subían en un anda, lo vestían con maíz, papas, frutas entre otras cosechas y lo paseaban a hombros por las tierras de la hacienda, a ritmo de “la propia musica de los naturales”: el patrón, representante de la divinidad fertilizaba los campos con su sola presencia.
Con el tiempo, dos viejas locas y la desmedida ambición de la Iglesia hicieron que se perdiera la mayor parte de Pongor y el poder de la familia en la zona, esa historia da para otro post, les adelanto que el único buen lugar para los curas eran “dos metros bajo tierra” en palabras del abuelo.
Como sabe cualquiera que haya estudiado física o historia, toda acción genera una reacción, el resentimiento, odio y violencia son fuerzas que no pueden ser embotelladas tanto tiempo sin que estallen.
Cuando se inicia la reforma agraria, los campesinos cumplen su anhelo de siglos y entran a saco en las haciendas. La imagen que tenemos de militares apoderándose ordenadamente de las tierras solo corresponde a la costa norte y poco más, en el resto del país como de costumbre las cosas fueron más anárquicas. Mi abuelo contaba con ira como las pocas tierras que quedaban fueron presa de las comunidades vecinas, los animales de engorde degollados y comidos en pachamanca, los sombríos destrozados a punta de chaquitaclla.
En esa época vivía él en Chimbote, “apenas me entere que los indígenas habían entrado a las tierras cogí mi carabina y fui corriendo a Huaraz a ver que pasaba”. Hombre de armas tomar no se quedo tranquilo, consiguió gente, armas, munición y caballos “para sacar a esos indios de las tierras”. Pero el péndulo de la historia se había movido y esta vez los naturales no se dejarían violentar tan fácil.
Una vez llegados a la hacienda fueron recibidos a punta de piedras, rejones y algún arma de fuego, los compañeros de mi abuelo huyeron y a él lo capturaron, patearon, humillaron y para terminar la faena le colocaron papas calientes en los ojos, de milagro logro salvar la vista pero el izquierdo nunca se recupero del todo.
Si no lo mataron fue porque sabían que los militares no tendrían consideraciones a la hora de conservar el orden, como lo demostró el terrorismo, la alternativa a las reformas era el comunismo polpotiano de Abimael y su banda de monstruos.
El resto es historia: Sendero Luminoso, la guerra interna y la pacificación, las reformas de los 90 que profundizan y amplían lo bueno hecho por los militares (que abundantes errores cometieron también) y un Perú mucho más integrado, homogéneo y socialmente cohesionado de lo que pudo ser sin Velasco y la reforma agraria.
Descanse en paz general.
Algunos posts:
Imprescindibles posts de Silvio Rendón:


para el capitalismo lo que fue el desplome del muro de Berlín para el comunismo. Ya lo vemos: bastaron diez días para pulverizar las ideas que los yupis, los proTLC, los enemigos acérrimos de Estado, los que pedían a gritos que éste NO interviniera en la Empresa privada y que sólo fuera el mercado el supremo rector de todo el andamiaje económico de los países, ahora no sepan tampoco cómo hacer para seguir con lo que ayer defendían con tanto ardor y pasión.